Biografía de Agustín Faus

 

– Por Pedro Estaún –

Cuando yo era muy joven descubrí con agrado los libros de montaña de Agustín Faus, y siempre he seguido leyendo sus relatos de escaladas y de otras aventuras alpinas. Para mí constituían un verdadero motivo de admiración. Años después tuve la oportunidad de conocer al autor personalmente en su hotel “Faus-Hütte” de Villanúa de acogedor ambiente alpino. Y a partir de aquel encuentro hemos mantenido una buena amistad. Comprobamos muy pronto que los dos teníamos numerosos puntos en común, y ello nos ha dado oportunidad de mantener largas conversaciones y a realizar bonitas excursiones.

Cuando él se jubiló, fue a vivir con su familia durante unos años a Jaca –¡estupendo lugar para vivir y hacer montaña!- y posteriormente, a instancias de su familia, ha establecido su residencia en Las Lomas, una tranquila urbanización muy cerca de Zaragoza y camino del Pirineo.

Hacer excusiones con Agustín Faus es un privilegio porque reúnen un doble atractivo: por una parte, comportan la ascensión o la escalada y, por otra, constituyen buenos ratos de amena e interesante charla, en la cual se transmite su larga experiencia montañera y surgen no sólo sus escaladas y otras actividades, sino también sus experiencias humanas cosechadas pisando los caminos y las montañas del mundo. El paso de los años ha permitido que nos viéramos con mayor frecuencia y con ello nuestra amistad se ha fortalecido. Sus comentarios sobre montañas, sobre libros y sobre amigos comunes, así como sobre cualquier otro aspecto de la vida, son ahora frecuentes y, en ciertas épocas, continuos.

Agustín Faus nació en Barcelona en el ya lejano año de 1926, con antecedentes familiares pirenaicos y de otras partes montuosas de Cataluña: siempre ha dicho que por sus venas corre sangre de montaña y algo del vino que se cría en las zonas montañosas. Le tocó vivir el espanto de la guerra civil viendo aquella serie de desastres con los ojos ya abiertos de un niño de diez, doce y trece años años. Y más tarde le llegó a él –como a muchos chicos de su edad- la dureza de la postguerra. A pesar de ello, en los pobres años de 1941 y 1942 pudo hacer alguna escapada al Montseny, para conocer y recorrer aquella hermosa montaña catalana tan clásica y vivaquear en ella, mal protegido por una manta vieja cosida en forma de saco de dormir. Poco después fue a aprender a escalar al Sot del Bac, a Sant Llorenç del Munt y a Montserrat, aunque su espíritu sensible también le hizo aprender, además de la escueta técnica de la escalada en roca, bastantes más cosas de las montañas. Y, como los tiempos eran duros, también aprendió a subir algunas veces al tren sin billete y hasta escamotearse cuando aparecían los que pedían el salvoconducto necesario para poder viajar.

Se inició en el Pirineo con ilusión, obligado a acercarse al Pedraforca en el lentísimo “carriles”, trenecillo de Guardiola y en los camiones de carbón de las minas de Saldes, o a hacer largos viajes al Pallars en otros camiones igual de destartalados, o yendo a Benasque o a Sallent de Gállego efectuando mil trasbordos. En Benasque hizo buena amistad con la familia Abadías, los descendientes del histórico guía José Sayó, y en Sallent tuvo excelentes tratos con los Fanlo de Casa Reyno, tratos que todavía perduran. En 1945 estuvo por primera vez en las Crestas del Diablo y Costerillou, encordado con los madrileños Antonio Moreno y Ramón Somoza, recién conocidos pero con quienes proseguiría una buena amistad más tarde, cuando se trasladaría a vivir a Madrid llevado por su trabajo en una editorial barcelonesa. En 1948 hizo el Couloir de Gaube, gran escalada en aquellas épocas, donde sufriría congelaciones en los pies por causa de deficiencias de equipo y del calzado de la época. Aunque más tarde, en 1952, se desquitaría de estos problemas de material cuando logró –ya bien equipado- la primera invernal de la Cresta de Palenques y, por las mismas épocas, otras innumerables invernales en los Picos de Europa.

En 1951 había acudido, por primera vez, a los Alpes de Chamonix, con María Antonia Simó, seleccionados los dos por la Federación. Hizo allí algunas de las montañas más clásicas de los Alpes y –algo que valía mucho más todavía- trabó buena amistad con las glorias del alpinismo francés del momento, Rebufat, Terray, Armand Charlet. Llegado el verano de 1952 repitió en los Alpes, aunque esta vez en el Valais ejerciendo como guía de montaña –siempre por motivos económicos- en el Cervino cargado con nieve, en el Monte Rosa, el Zinalrothorn y el Breithorn (entonces esta última montaña era larga y difícil, pues todavía no existían los teleféricos actuales que la ponen al alcance de todo el mundo).

Su primer libro “CARA A LA MONTAÑA”, de la Colección Edelweis de Editorial Juventud, vio la luz en 1954, siendo el primer libro de narrativa de montaña aparecido en lengua española. Posteriormente siguieron otros trabajos de Faus, como tres pequeños manuales de técnica de escalada, alta montaña y material, y un “DICCIONARIO DE LA MONTAÑA”, también de “Juventud”, que se agotó muy pronto y que, además de haber sido fuente de datos e ideas para otros escritores posteriores de montaña, sigue siendo hoy un “libro tesoro” en las bibliotecas de los montañeros españoles veteranos y en las de sus sucesores. Mas tarde aparecieron con su firma varias guías del Pirineo y otras divulgaciones y recuerdos. Actualmente sus libros suman un total de treinta y tantos volúmenes, sin tener en cuenta algunas nuevas ediciones, traducciones y arreglos de traducciones y revisiones técnicas de garantía en ediciones de libros extranjeros. Y hemos podido leer de él, a lo largo del tiempo, innumerables y deliciosos relatos de montaña, travesías de esquí y escaladas en la revista del “Centre Excursionista de Catalunya” y en la que edita el club “Peñalara” de Madrid.

En la prensa, Faus fue de los primeros escritores-montañeros que divulgaron la montaña para el gran público. Durante muchos años escribió sobre cualquier cosa de montaña, siempre interesante, en su “Ventanal Serrano”, una columna casi diaria que aparecía en el antiguo diario vespertino “Madrid” de la capital. Y cuando este periódico fue dinamitado por conflictos con el régimen, empezó a colaborar en el deportivo “As” desde su primer número, divulgando siempre el alpinismo, tanto lo más próximo y sencillo, como lo más lejano e importantísimo de esta actividad deportiva, cada vez más conocida del público español. Durante muchos años Faus ha permanecido en la cúspide del montañismo español, participando en los primeros tiempos, en todas las expediciones que se iban organizando, gracias a su doble faceta de alpinista y cronista.

Después de Barcelona y Madrid, su tercer lugar de residencia fue el Pirineo aragonés, convertido allí en hotelero y guía de montaña. Atendió en su hotel a clientes y amigos, llevándoles a la montaña y explicándoles con fruición desde lo más técnico a lo más espiritual, interesándoles siempre en el placer de sentirse bien en cualquier montaña, sea ésta fácil o difícil, desconocida o importante.

Actualmente, jubilado pero sin sentirse jubilado de todo cuanto atañe a la montaña, todavía no se ha cansado de describir lo que siente y lo que ha vivido, logrando, con la admirable facilidad de siempre, que lo sientan también sus lectores y amigos que le leen.

En “HUELLAS PROFUNDAS”, uno de sus ya añejos libros muy cargado de sentimientos desde sus primeras líneas, expresaba un deseo que formuló después de haber vivido una importante jornada en le verano de 1954 en el macizo del Balaitous: había vencido en un solo día “les tríos aètes” –la Cresta-Nordocidental, la Arista de Costerillou en descenso y la Cresta del Diablo- y confesaba entonces durante el retorno bajo la niebla, que “mi alegría es inmensa, rememorando aquellos días de mi casi niñez escaladora, cuando yo danzaba de cumbre en cumbre y de cresta en cresta como un sarrio loco, con los ojos muy abiertos para ver tanta montaña, con las manos muy abiertas para acariciar tanta roca, con el corazón muy abierto para recibir íntegro el mensaje mágico de las montaña. Entonces pedía a Dios que me concediera una larga vida montañera”.

Y su petición ha sido cumplida porque hoy, más de medio siglo después, continúa haciendo montaña exaltando la montaña, habiendo alcanzado ya la nada simbólica edad de los ochenta años.

Hace ya algún tiempo, estando él y yo en la cumbre del Turbón, me comentaba que había repetido recientemente la travesía de las Crestas de los Lecherines ¡yendo encordado de nuevo con dos de los tres compañeros que, con él, habían abierto aquella travesía tan hermosa, que domina la parte alta del valle de Canfranc, cincuenta años antes! Mientras me lo contaba yo descubría en su expresión cómo agradecía al Señor seguir haciendo montaña en serio después de tanto tiempo.

La mayoría de los recuerdos de Agustín no se han desvanecido. Sus numerosos escritos son una muestra de su permanencia en la historia y se puede afirmar que actualmente es uno de los escritores más prolíficos de nuestro país en temática de montaña. Su producción abarca todos los campos: ha sido iniciador de la narrativa de montaña con sus libros ya clásicos como los citados “Cara a la Montaña” y “Huellas profundas” y sus divulgativos “HISTORIA DEL ALPINISMO” en dos tomos, y el reciente “MONTAÑAS INJUSTAS” aunque estén todavía en la espera otros trabajo suyos inéditos como “En busca del cielo azul”, “Rama de abeto”, “Semana alpina” y “Recuerdos en la mochila”.
Pero, alejándose de este tipo de narrativa montañera, también ha sido autor de valiosas guías entre las que destacan la del Valle de Tena, la del valle de Aragón “PASEOS POR JACA”, la de Ansó y Echo, la de Aigüestortes y Sant Maurici, y una monografía muy divulgativa de todo el Pirineo Catalán, aparecida en dos ediciones separadas, una en catalán y otra en castellano. Además de los libros técnicos ya mencionados correspondientes a sus primeras épocas, apareció posteriormente otro manual de montaña, escrito por encargo de Editorial Palabra, poco conocido, titulado “ANDAR POR LAS MONTAÑAS”. Y también recopilaciones de sus escritos en prensa como “LAS PRIMERAS MONTAÑAS”, de la cual se han hecho ya varias ediciones.

Todos sus escritos, por muy técnicos que sean, están impregnados de humanidad: no sólo se limitas a exponer unos objetos o unos lugares, indicando su empleo o marcando unas rutas o dando otras indicaciones: Faus sabe explicar cómo le gusta a él la vida en sus fenomenales experiencias en cumbres y valles, y lo hace empleando en lenguaje sencillo, a la vez que extraordinariamente gráfico que penetra de manera profunda en la retina y en los sentimientos del lector. Es sus escritos no oculta jamás lo que está sintiendo, lo que goza, lo que admira en una naturaleza llena de encanto. Y hasta se trasluce –y lo explica llanamente- lo que puede haber llorado cuando las cosas no han salido bien.

Con franca frecuencia expande sus alabanzas y agradecimiento a Dios. Y, como buen catalán, no se olvida nunca de aquella Virgen Morena de Montserrat, lugar donde no sólo aprendió a escalar sino también a amar a las montañas y a valorar con enorme peso humano, la amistad de los compañeros que ofrece la montaña.

Es cierto que el escalador, aunque a veces sin pretenderlo, deja elevar su corazón hacia lo alto y expresa una oración: unas veces ella será de alabanza por la belleza de lo que contempla, o por haber alcanzado una meta difícil. Otras será para pedir ayuda en una situación comprometida. Agustín Faus lo deja ver bien claro en sus escritos, y siempre con una sorprendente naturalidad. No pretende adoctrinar ni dar lecciones a nadie. Tan sólo deja plasmados por escrito sus pensamientos, agradeciendo lo que ha aprendido y lo que está viviendo, tanto en sus escaladas a grandes montañas como en el más plácido paseo por un valle bonito o por un delicioso bosque. Una vez regresado a sus casa sabe recordar lo visto, revivirlo y escribirlo… aunque algunas veces ya lo ha escrito en breves notas durante su experiencia antes de llegar a su casa.

Me permito poner como ejemplo lo que anotó en sus apuntes durante una de sus permanencias en los Andes.

Aquella vez estaba viviendo un periodo de espera, permaneciendo unos día solo en la Cordillera por haber dejado a unos compañeros y aguardando la llegada de otros. Estaba en las laderas próximas al Tupuganto, cercanas al Portachuelo del Fraile, en la linde entre Argentina y Chile, misterioso territorio, típico lugar de “puna”, la peor presencia del mal de montaña. No quiso quedar mano sobre mano y prefirió aprovechar la ocasión de escalar dos cumbres de 5.200 y 5.400 metros que sabía estaban ambas todavía vírgenes, dejadas de lado por los ambiciosos que buscaban vencer cumbres más altas, que allí no faltan. Consiguió en solitario las dos primeras ascensiones, con un notable esfuerzo, aunque entonces a él le pareció que no arriesgaba demasiado. Por ser el primero en dominar aquellas montañas sin nombre tenía el derecho de bautizarlas: a la primera, la más baja, da denominó Cerro Beatriz, por ser este el nombre de la desconocida novia de un amigo argentino quien, días antes, se lo había pedido. El segundo monte, el más alto, lo dedicó a su esposa Sita, antigua montañera cántabra que, por sus obligaciones de madre, se había quedado en España. Y desde entonces figura en los mapas de los Andes el Cerro Sita.

Así narra Faus aquellas dos primeras absolutas en los Andes: “Ni yo ni nadie ha estado aquí jamás. Todo es terreno virgen por completo. Finalizados los penitentes fantasmas de hielo puntiagudos por cuyas asperezas frágiles he podido trepar, hallo en lo más alto unas piedras negras amontonadas. Están huérfanas de todo contacto humano. Son duras, punzantes, no están muy fijas. Compruebo que ya no hay nada más arriba El altímetro marca 5.415 metro, altitud que será más o menos exacta. Este lugar me está diciendo que desde que Dios dejó su huella al crear las montañas, nunca nadie ha venido hasta aquí. Tranquilo, sin sofocos en la respiración porque mi aclimatación es buena y en la ladera del Tupungato he alcanzado últimamente altitudes muy superiores, me siento en la piedra algo plana de la cumbre, mientras me sale espontáneamente una corta oración. Me surge en catalán, porque yo no sé hablar con Dios de otra manera. Y digo unas palabras para Sita en castellano porque ésta es su lengua. Es como si los dos, el Déu de Catalunya y Sita de Cantabria, estén conmigo ahora en esta solitaria e ignorada cumbre de los Andes. Esta compañía me está diciendo que no estoy solo: es puro sentimiento”.

No está muy divulgada al gran mundo la afición artístico-musical de Agustín Faus. Sin haber estudiado jamás una sola nota de música, supo aprender de niño por sí solo, a sacar bellos sonidos a una simple flauta de madera, asimismo, a convertir en agradable y humano el sonido – a veces demasiado metálico- de una armónica. En las severas noches guadarrameñas y de La Pedriza de los años cincuenta y sesenta, se hizo famosa “la flauta de Faus” que sonaba en algún rincón desconocido pero agradable a todos. Y cualquier día bello y en cualquier montaña no le ha sido difícil a él agradar el oído de los compañeros con algún “yodler” o con la siempre bien recibida entonación de un canto de montaña en cualquier lengua.

Siempre le ha gustado cantar, aunque sea sin ninguna regla de arte. Conoce muchas canciones del Pirineo –catalanas, francesas, o en “patois”, pero siempre muy emotivas- y ha llegado a traducir e introducir en España algunos cantos alpinos. Según viejos recuerdos, en Tarragona –donde hizo su servicio militar- cantaba agradables canciones tirolesas y hasta ganó allí algún dinero con ello, y hasta hubo quien llegó a creer que él era “un suizo llamado Michael”. En la eternamente musical Rusia, en los años 1968 y 1975 –entonces soviéticos- descolló formando espontáneo coro con otros compañeros españoles de la expedición en los refugios y en los campamentos del Cáucaso y del Parir. Y en la actualidad, proyectando diapositivas de sus viejas fotos de sus tiempos pasados, puede sacar una flauta oculta en el bolsillo y sorprender a la desconocida audiencia con inesperadas notas –cortas pero impactantes- de alguna canción de montaña de las preferidas por él en su juventud.

En 1987 fue al Himalaya, invitado por la expedición del programa de Televisión “Al filo de lo imposible” en su primer intento al Everest. Aquel año fue muy malo, pues el pésimo tiempo impidió que nadie lograra ninguna cumbre importante en todas las cordilleras. Pero el viaje fue muy productivo para Faus pues, además de escribir sus artículos, su relativa independencia del equipo de asalto, le permitió asistir a excepcionales ritos litúrgicos en el antiguo monasterio de Thyangboché; fue recibido allí por el Gran Rimponché –el segundo después del Dalai Lama-. Todas estas experiencias le permitieron escribir poco después, de un tirón, “EL AMIGO DEL LAMA”, libro donde describe de primera mano lo que vio en el monasterio, lo que pudo imaginar del mundo de los lamas y lo que ya sabía de la historia de las primeras expediciones británicas al Everest.

Conversar con Faus es agradable porque cuando está en vena –y lo suele estar muy a menudo si el ambiente es bueno- surgen infinidad de anécdotas interesantes, especialmente de las épocas heroicas, cuando no era tan fácil moverse por las montañas como los tiempos actuales. Ha vivido momentos duros, algunos de los cuales no habrá dejado escritos y, si los ha escrito, no han visto la luz. Aquellas épocas eran ricas en acontecimientos que no tenían mucho que ver con la escalada y el montañismo: los Pirineos, por ser zona fronteriza, eran campo abonado para que surgieran problemas. En uno de los capítulos de “Cara a la Montaña” describe con el corazón contrito, y contagiando la angustia al lector, la triste historia que le hizo imaginar el hallazgo, en el año cincuenta y uno, de un cadáver ya momificado, mal caído sobre las piedras entre el lago de Barrancs y el collado de Salencas. Su fantasía le ayudó a imaginar el angustioso episodio de una huída por las montañas protagonizado por un hombre de tierras bajas acuciado por el miedo, el cansancio, el frío y el hambre, marchando por un territorio que ya no era el suyo, en busca de una frontera salvadora… a la cual no llegaría nunca porque la niebla y la nevada y el desconocimiento le habían equivocado el rumbo. Cuando le mencionan dicho relato al autor, él siempre lamenta “no haber podido salvar literariamente” a aquel desgraciado (una víctima más de los malos tiempos y de los acontecimientos políticos de su país) porque su cadáver resecado por los muchos inviernos bajo la nieve y los veranos al sol de los casi tres mil metros, era la dura evidencia que la triste aventura no había tendido un final feliz.

Uno de los episodios de montaña que más le impactaron a Agustín Faus en sus primeros tiempos fue cuando le requirieron de urgencia para colaborar en la búsqueda y rescate de Ernest Mallafré, llevado por una avalancha en el pico de Monastero (en el actual Parque Nacional de Aigüestortes y Sant Maurici) el día de fin de año de 1946. La enorme cantidad de nieve existente, la dificultad de acceso al refugio, y después la dureza que significó el llegar al lugar de la avalancha; la penosa búsqueda, el emotivo rescate del cadáver congelado, y su posterior traslado sobre sus propios esquís convertidos en trineo-camilla, y el definitivo entierro en el cementerio de Espot junto al propio muro de la iglesia, completó la dura prueba que, dada la categoría de la víctima –posiblemente el número uno de entre todos los montañeros españoles de la época- representó un duro mazazo para aquel muchacho que estaba descubriendo la montaña con los ojos maravillados y con los sentimientos a flor de piel. Años más tarde dejó muy emotivamente reflejadas aquellas jornadas impactantes en un capítulo de “Huellas profundas”.

En otras ocasiones menciona distintos acontecimientos menos dramáticos ocurridos en las zonas fronterizas pirenaicas, como cuando con otros tres chicos inexpertos como él, fueron descubiertos pisando territorio francés, aunque junto a las líneas fronterizas de Llívia, por la policía militar alemana que vigilaba la frontera en 1943, cuando Francia estaba ocupada por las tropas de Reich. Aquel suceso, por su tiempo y su lugar, podía haber acabado con una ráfaga de ametralladora o con un brusco viaje a un campo de concentración, pero afortunadamente finalizó de manera mucho más aceptable debido al olor de unas patatas con tocino que los muchachos estaban preparando sobre un pequeño fuego en la parte española de la frontera, y que acabaron comiéndoselas los alemanes por lo visto no muy bien atendidos por su intendencia. El sacrificio de los chicos quedándose casi sin comida pudo más que las mismas protestas de inocencia y que las rígidas directrices recibidas por aquellos guardadores de la frontera. En otra ocasión, él y otro compañero de su misma edad, tuvieron que pasar una noche en calabozo de Ribas de Fresser por haberles tomado en principio la policía de frontera española por dos “maquis” recién llegados de Francia en el tren de Puigcerdá. Como ellos no eran “maquis”, ni habían llegado en ese tren y estaban bien documentados y pudieron mostrar el billete de ida y vuelta expedido en Barcelona unos días antes, se aclaró la situación. Los guardias, conscientes de trastorno que les habían causado por hacerles perder el último tren a Barcelona y para que se ahorraran la fonda, les permitieron dormir en el calabozo. –“Pero con la puerta bien abierta!”, exigieron ellos. Y hasta acabaron cenando con los guardias, de la cocina de ellos.

En una posterior oportunidad, el joven Faus y un compañero fueron pillados por los carabineros, llegando de la parte francesa por el Puerto Viejo de Sallent, y fueron hecho presos en un principio por “intrusos o contrabandistas”. No les encontraron nada de contrabando ni nada comprometedor en sus mochilas: sólo ropa sucia y mojada, cuerdas, clavijas y nada de comida. Y al decir ellos que “se habían perdido en plena tormenta”, excusa muy normal para justificar la entrada en Francia, y viendo su cara famélica, los guardias les ofrecieron, estos también, la mitad de sus propios bocadillos, y acabaron compartiendo todos la merienda en la línea fronteriza.

Acontecimientos de este tipo fueron forjando el carácter que, empujado por la sangre de montaña heredada de sus abuelos, buscaba en las cumbres un lugar de expansión y de confirmación de su personalidad, además del encuentro de amigos con los mismos sentimientos.

Lo halló todo muy pronto, Y halló también cómo hacer pervivir, hasta los tiempos actuales de tanta perfección técnica y tantas facilidades para todo, la manera de expresar, con las limitadas enseñanzas que él y sus contemporáneos habían recibido, el valor de la admiración, de la belleza y de la amistad que pueden inspirar las montañas, desde la más sencilla y fácil a la más alta, lejana y difícil.